Un juego de desdoblamiento y dos modulaciones de una misma conciencia. “Bicéfalo”, de Mauricio González Seguel (Temuco, 1980), nos presenta un relato que transita entre la ironía y el humor negro, revelando una paradoja profundamente humana: la facilidad con que la razón organiza el mundo ajeno y la dificultad para aplicar esa misma claridad sobre nuestros propios temores.
A través de un recurso de metanarración, el relato se abre paso entre la consulta médica y el monólogo interior, proponiendo una mirada aguda sobre las narrativas internas que, a veces, nos recuerdan que dentro de una misma voz conviven varias versiones de nosotros mismos.

Bicéfalo
El tiempo tiene la fama de ser igual para todos, pero, a mi entender, el tiempo no es prosa.
Para Mauricio Trágico, el tiempo es leal a la experiencia; en tanto, para Mauricio Farsante, corre igual para todos.
Ambos Mauricios viven la misma realidad, pero actúan de forma distinta dentro de ella.
—No es un asunto serio —explicó el especialista—.
—Más que serio para los demás, puede ser complicado para él —añadió—, porque conjugar ambas formas puede provocar desgaste y desorientación en Mauricio.
—¿Pero, doctor, cómo puede ser eso normal?
—Mire, normal no es. Pero él ha desarrollado una manera funcional de vivirlo.
—Ehhh… por si acaso, estoy aquí. De mí es de quien hablan.
La consulta es amplia. Más que una consulta psiquiátrica, parece una oficina.
Un gran escritorio. Dos computadores: uno estacionario —que intuyo no funciona— y un laptop desde el cual el médico cirujano se parapeta para escupir palabras como metralleta.
Ustedes se preguntarán de qué va toda esta puesta en escena.
Bueno… deberán quedarse un momento conmigo.
Me pongo —o nos ponemos— en presente y vivo, o vivimos, la situación.
Ambos dialogan intensamente. Hablan de mí.
Yo sé la historia: me disocio rápido.
—Pero doctor, ¿cómo es posible que yo, la persona más cercana a él, no me haya dado cuenta?
—Mire, la verdad es que para él es como respirar. No hay problema: lo que le pasa está alojado en la parte del cerebro donde se ubican las actividades automáticas.
—¿Cómo es eso, doctor?
—Sencillo. Todos los que manejamos autos mecánicos sabemos pasar los cambios, pero explicarlo nos cuesta más que hacerlo, porque son ejecuciones automáticas.
—Pero doctor, ¿cómo sé quién es Mauricio?
—La verdad, Mauricio es con quien usted se haya…
—Hola. Disculpen, les hablo a todos.
Veo que no se está entendiendo. ¿Les parece que lo explique yo, desde lo práctico?
Miren todos: básicamente funciona así.
Situación: una persona conocida tiene un pensamiento catastrófico, ya sea en relación con su salud o con un viaje que realizará a un lugar lejano.
En la tragedia relacionada con la enfermedad —por ejemplo, un cáncer—, la persona me cuenta lo aterradora que es la imagen y que tiene miedo de ir al doctor porque teme a los exámenes y sus resultados (siempre catastróficos).
Respuesta de Mauricio Farsante:
“No te preocupes. Si estuvieras mal, no te verías tan bien.
Si estuvieras con padecimientos, no podrías venir a trabajar.
No te preocupes.
Y, si pasa algo, la ciencia ha avanzado bastante como para que puedas salir adelante con tu tratamiento.”
¿Pueden ver el guion? ¡Es genial!
Ahora, atención: porque es la misma persona.
O sea, yo.
Mauricio.
Durmiendo plácidamente en mi cama, despierto a las tres de la mañana con un brazo dormido.
Inmediatamente, mi diálogo interno comienza:
“Bueno, llegó el día. He de despedirme, porque todo lo que siento es un infarto.
No siento el brazo izquierdo y me duele el pecho.
Taquicardia. Es hoy.
Finalmente, la lánguida figura viene por mí.
Lástima: me quedaba tanto por ver, hacer y decir.
Adiós a todos.”
Me gana el sueño y despierto en la mañana como si nada hubiese pasado.
¿Se entiende?
Otro ejemplo:
Un conocido tiene un viaje en el cual deberá tomar un avión para llegar a su destino.
Invirtamos ahora los papeles.
Mauricio Trágico se dice:
“Qué terrible subirse a un avión.
Un gran tubo con alas, cargado de combustible, que debe desafiar las leyes de la naturaleza y volar.
¿Qué puede salir mal? Pues todo.
Una chispa en la carga de combustible puede iniciar un incendio que subirá rápidamente y nos rodeará como un abrazo ardiente.
Procederá a quemar nuestra piel mientras aún podemos sentir cómo la carne chisporrotea y los nervios arden.
O quizás una nube de cúmulos nimbos que no fue detectada por el pronóstico del capitán.
Turbulencias que nos sacuden como canicas en un tubo.
Nos aturden y luego nos desploman en picado, aferrados a la única esperanza:
un cinturón que nos mantiene sujetos al asiento, cuyo fin —intuyo— es permitir que nuestros cuerpos destruidos puedan ser asociados al número del asiento.”
Ahora, Mauricio Farsante:
“Relájate. No va a pasar nada.
Las estadísticas indican que hay más accidentes en carretera que en el aire.
Además, la tecnología está tan avanzada que es imposible que los aviones se topen con fenómenos meteorológicos imprevistos.
Tienes que tratar de vivir las situaciones de forma más liviana, no ser tan trágico.”
—¿Entienden? Así funciona.
El doctor toma nota, y mi acompañante en la consulta queda sorprendida.
—En resumen, nada de qué preocuparse —dijo el doctor—. Vayan tranquilos; no es necesaria una terapia.
Nos retiramos tranquilos, de la misma forma que entramos: de la mano.
Me sonreíste, y pensé:
“Todo está bien… o eso creo.”
Mauricio, si le hablas de nosotros, amaneces flotando en el río.
Mauricio González Seguel (Temuco, 1980) es periodista con diplomados en Comunicación Interna y Literatura Infantil y Juvenil. Esta formación sostiene su enfoque crítico y enriquece su narrativa en periodismo y ficción.
