Un descenso hacia la soledad y sus desbordes. “En el archivo”, de Cristóbal Ríos Soto, nos presenta un relato que oscila entre el registro casi clínico y una paradoja silenciosa pero potente: la facilidad con que una vida puede desaparecer sin testigos.
A través de una reconstrucción biográfica, el relato se abre paso entre distintas capas de sentido, proponiendo una mirada sobre la escritura como residuo y como contagio. La figura de Héctor Caicheo se infiltra en quienes lo leen, y desplaza la experiencia hacia una zona donde el lenguaje descompone la realidad en fragmentos. Así, este texto no sólo describe una muerte, sino también una voz que, incluso después de extinguirse, encuentra en cada lector una nueva posibilidad de existencia.

En el archivo
El funcionario del Servicio Médico Legal le recomendó a la señora echar un producto desinfectante de inmediato en el piso de madera, para quitar el olor de las rendijas y poder arrendar la habitación a otra persona. Aunque no era parte de su trabajo, el funcionario ayudó a la señora a limpiar el lugar. El olor a óxido y a porcino era tan fuerte que su esposo tuvo que salir a la calle a vomitar.
Cuando entró la pieza no estaba sucia. Héctor Caicheo, escritor, yacía acostado de espaldas en la cama con el estómago hecho una bola enorme, hinchado, como si fuese a parir miles de gusanos. Al verlo la señora se puso a chillar. Le llevaba almuerzo al anciano porque tenía una pensión muy pobre que no le alcanzaba para nada y comía verduras cocidas durante semanas. Esa mañana había llegado a la puerta con el pote de plumavit en la mano, pero nadie abrió.
Cuando la Policía de Investigaciones movió el cuerpo se reventó el absceso lleno de materia que le había crecido por dentro y cayó al piso un chorro de sangre y pus. Tomaron declaración a la señora. Uno de los policías le informó que el anciano había dejado una carta donde decía por qué se iba a suicidar, explicaba su soledad y le daba las gracias por cuidarlo, entre otras cosas. No pudo leerla porque la requisaron como prueba. Los detectives metieron lo que ahora era Héctor Caicheo en una bolsa y se lo llevaron.
La obra conocida de Héctor Caicheo está compuesta de dos novelas, Nobleza e infancia (de 2001) y Voces del corazón (de 2013), publicadas con el dinero que juntaba trabajando de conserje los días domingos. En la única entrevista que le hicieron habló de su tercera novela, Buscando el sentido de la vida, que quedó inconclusa. En esa entrevista Caicheo da un consejo a los jóvenes que quieren comenzar a escribir. “Que expresen lo más profundo de sí, con buenas intenciones, para dar un mensaje de bien. Que entreguen sus experiencias para que otros no pasen por lo mismo. El lector es amigo del escritor, y eso uno debe sentirlo siempre como algo importante. Los lectores son amigos que nos dan lo mejor”.
Los dos libros que escribió son imposibles de encontrar en librerías o bibliotecas. Los pocos ejemplares que imprimió de ambos circularon vagamente entre las pocas personas que lo conocieron, y ahora están tirados y olvidados en estantes y cajas llenas de polvo. Si fuera sólo por esos dos textos, bastante mal escritos, impresos en papel blanco, anillados y con la carátula de plástico como una fotocopia (son, en estricto sentido, una fotocopia) la memoria de Héctor Caicheo podría olvidarse y pasaría a engrosar la larga lista anónima de escritores fracasados, que contiene los nombres de miles de personas que un día sienten la necesidad de escribir. Van a talleres literarios y publican en editoriales creadas por ellos mismos o que se dedican a publicar a escritores similares. Por lo general son médicos o abogados retirados. Adjetivan innecesariamente. Creen que escribir es agregar capas de palabras encima de las cosas. La memoria de Caicheo, como decía, podría olvidarse, pero si se quisieran recopilar sus Obras Completas habría que agregar una pieza mínima que justifica el estudio de sus recuerdos, de su vida y de sus percepciones. Los críticos literarios más agudos podrían ver, si prestacen atención, tempranas estrías de ese texto en Nobleza e infancia y Voces del corazón. Como si ese texto fuese una bala disparada años atrás.
Para Caicheo la escritura era pura inspiración. “Sin ella no se puede crear. A veces leo lo que he escrito y digo ¿Yo hice esto? Me cuesta creerlo”, dice en su única entrevista.
Había llegado hace cinco años a Paine. No tenía familiares ni amigos ahí, y nadie sabía por qué eligió esa comuna rural de las afueras de Santiago para vivir. Arrendó una habitación en una casa antigua, con el techo alto y persianas de madera, y la llenó de libros que traía de olvidadas peregrinaciones por habitaciones y pensiones en lugares desconocidos de la ciudad. Los apiló en montones por toda la pieza, encima del velador, en el espacio de la ventana y debajo de la cama.
Antes de ser escritor fue carabinero y se retiró en 1973, meses antes del golpe de Estado. Tuvo una pareja, una mujer a la que le dio Alzheimer y que dejó porque no quería hacerse cargo de ella y amarrarse. El año final de su vida, cuando la soledad ya era una sucesión de estratos y capas dentro suyo, decidió viajar a Chillán a reencontrarse con un antiguo amor que tuvo hace más de 20 años. La mujer lo quería mucho y él a ella, y sus hijos también lo querían. Vuelve cuando quieras, le había dicho. Se entusiasmó al extremo con ir y reencontrarla. Puso ahí todas sus esperanzas. ¿Por qué no la llama primero, don Héctor, y habla con ella? No va a llegar así nomás sin avisarle, le dijo la dueña de la pensión cuando Caicheo le contó su idea de partir. No quiso llamarla. Vendió varias cosas, entre ellas algunos libros, y partió en bus. Volvió a los dos días. La mujer no quería ya nada con él. Había pasado demasiado tiempo.
La tarde antes de morir salió con su pistola en el bolsillo para dispararse en la calle. Caminó varias cuadras sin ver nada. La idea de suicidarse adquirió las cualidades de un imán y atrajo las sombras de todas las cosas que lo rodeaban. Las sombras de los árboles y de las murallas se mezclaron y quedó sólo la materia de la oscuridad, como una pasta, dentro suyo. Se apretó con fuerza los párpados. El negro se descompuso en miles de fragmentos verdes.
Paró frente a la estación de tren. Metió la mano en el bolsillo y tomó la pistola. Mucha gente que venía de Santiago salía de la estación. Lo invadió un fuerte vértigo. Perdió el punto de apoyo y todas las líneas se curvaron alrededor de sus vértices. Miró el cielo rojo y pensó que esa debía ser la sensación del universo. Una vez muerto, una fuga en espiral hacia distintos puntos y una geometría acuosa serían su destino. Dió la vuelta y caminó tropezando a su pieza.
Abrió la puerta, sacó un cuaderno y se sentó a escribir.
Cuando lo encontraron llevaba tres días muerto. Nadie se había preguntado por él. Siempre se encerraba y pedía que nadie lo molestara. Los señores dueños de la casa hicieron su vida 72 horas con Héctor Caicheo muerto en el primer piso.
La carta estaba encima del velador. Eran cinco hojas de cuaderno escritas a mano con lápiz pasta bic azul.
El policía Horacio Cisternas, de 28 años, la encontró. Le deprimió ver a un anciano muerto así. Ni siquiera la estela de su fracaso duraría mucho tiempo, porque ese fracaso no había entrado en el radio de la vida de casi nadie. La infinita masa de agua en que nos movemos se cerraría, sin que nadie se diese cuenta, sobre los hechos de la vida de Héctor Caicheo.
Horacio era buen lector. Todos las mañanas, después de su rutina de ejercicios anaeróbicos, leía durante 15 minutos algún libro de negocios, liderazgo e inversiones. El opúsculo que más le había impactado era “Cómo convertirse en un Networker Gurú”. Tenía varios pasajes de dicha obra subrayados con destacador amarillo.
Esa mañana, después de hacer sus ejercicios y ducharse, leyó 15 minutos de “Padre Rico, Padre Pobre” mientras tomaba zumo de naranja y comía una manzana. A veces volvía una página para releer una frase que le había hecho sentido. Le emocionaba adquirir conocimientos sobre el dinero, invertir en sitios de trading y seguir los consejos de Elon Musk y Jeff Bezos, que recomendaban leer mucho.
Nunca había visto una pieza con tantos libros apilados. Estaban por todas partes. Su mirada recorrió los lomos gastados. Había varios de Pablo de Rokha, Óscar Castro y Gorki. Horacio no tenía idea quienes eran esos autores.
Después de recorrer los títulos su mirada encontró, encima del velador, la carta suicida.
Le costó al principio descifrar los caracteres inclinados y apretados de la escritura de Caicheo. Mientras sus compañeros revisaban el cuerpo, el arma y otras señales de la escena, Horacio la leyó. Algo se movió dentro de él, en su estómago. La escritura era rara, con una cadencia quebrada. Caicheo narraba fragmentos de su vida y cómo había desembocado en una inmensa soledad. Luego declaraba haber visto cosas. “He visto…”, decía, y describía escenas extrañas, donde daba retorcidas explicaciones sobre la fluidez del tiempo y la sustancia pegajosa del espacio. Horacio sintió un leve vértigo al terminarla. El 90% de su contenido se le escapó porque no leía poesía desde la básica, cuando le hicieron recitar una vez las ridículas odas de Neruda y algo aún más ridículo sobre un hombre imaginario. Ambas lecturas no abrían la comprensión para lo que tenía en sus manos. Aquella carta hablaba de descomposición, partes, pedazos, ángulos y estructuras. Mencionaba algo de burbujas, caldos, bosques submarinos y horizontes colapsando. El mareo que le produjo el lenguaje preciso de Caicheo duró unos instantes más. “Qué locura”, pensó Horacio. Guardó la carta en una bolsa para pruebas y la llevó con los demás elementos requisados. Todos los objetos de la habitación le dieron una sensación de pena, y quiso volver rápido a la familiaridad de sus ejercicios, sus inversiones y sus frutas nutritivas al desayuno. Ahí fue cuando sus compañeros policías movieron el cuerpo y cayó en abundantes chorros toda esa sangre al piso.
Las cinco páginas escritas a mano pasaron a ser prueba de la causa y quedaron contenidas en la carpeta judicial del caso. El fiscal adjunto pidió transcribir el testimonio de la señora dueña de la pensión y la carta suicida. La secretaria que la mecanografió también sintió algo raro dentro suyo, algo relacionado con el agua y el vértigo, como si la lectura del texto cambiara la temperatura de los líquidos de la cóclea.
Evidentemente la muerte de Héctor Caicheo, a sus 83 años, había sido producto de un suicidio, sin la intervención de terceros. Todas las pruebas materiales así lo señalaban. Los elementos fehacientes de ello eran la carta suicida, donde él mismo indicaba explícitamente que se suicidaría, la bala que salió de la pistola, que estaba al lado de la cama, el agujero que dicha bala hizo en su corazón y la liberación de la sangre de sus surcos habituales. No había nada más que resolver.
Al fiscal le llamaron la atención las descripciones que hacía Caicheo en su texto. Su cerebro no pudo procesarlo en palabras, pero sintió que la carta estaba dirigida a él. Todo escrito tiene un destinatario, está dirigido a un lector. Este, más que Nobleza e infancia y Voces del corazón, tenía como destinatario único siempre a la persona que lo leía en ese momento. Era una de sus características: la voz que hablaba desde de la escritura provenía del interior de cada lector particular. Como si ellos mismos lo hubiesen escrito.
La curiosidad del fiscal, sin embargo, llegó hasta ahí. Tenía otros casos que atender. Alguien había robado las biblias de la iglesia, antiguas ediciones del siglo XVIII, y el padre no tenía con qué dar la misa. Tenían que encontrar esos libros.
La causa se dio por terminada y todas las pruebas quedaron guardadas en una caja en el subterráneo de la Fiscalía. Ahí está la carta póstuma de Héctor Caicheo, esperando a sus lectores. Pronto se cumplirá el plazo de custodia, y los funcionarios de la Fiscalía tirarán a la basura todas las pruebas y archivos de las causas cerradas.
Cristóbal Ríos Soto (1998) es periodista y vive en Puente Alto. Ha publicado reportajes de investigación en medios como CIPER Chile y Ladera Sur, y actualmente trabaja en una agencia de comunicaciones. Su oficio paralelo y secreto es escribir cuentos y poemas.
