Un nombre que insiste: Sobre «La historia no era así» de Hugo Forno

¿Qué puede unir a un niño italiano muerto por los nazis, a un hombre que arma aviones de plástico, y a otro que cuida a su padre mientras revisita su propia historia como una herida mal cerrada? Un nombre: Hugo Forno. Pero más que un nombre, una insistencia. Una memoria que no avanza, que vuelve, que se resiste a quedar atrás.

En “La historia no era así”, el autor pone su propio nombre en juego y lo convierte en materia narrativa. Una carga que atraviesa generaciones y obliga a pensar qué se hereda realmente. Si un relato, un trauma o solo una forma de mirar el mundo. Desde ahí se instala una triada entre los personajes. Un cruce que no fuerza equivalencias, pero permite que las resonancias se sientan.

Los apodos aparecen más tarde para matizar la repetición del nombre: Ughetto, Pilota, Lupo. Modos íntimos de señalarse, y que introducen diferencias allí donde la historia tiende a superponer.

“Una santísima trinidad alrededor del nombre Hugo. Hay un padre. Hay un hijo. Podría apostar que el otro, el Ugo sin H, se comporta como el espíritu santo. Puede ser, por qué no.”

El tiempo como eco

La novela se estructura a partir de tres espacios y de tres líneas de vida que se alternan sin imposición. Forno no construye un relato coral, sino un tejido delicado de situaciones, recuerdos y asociaciones que se activan por proximidad temporal o simbólica.

Desde el inicio, el libro propone una lógica de paralelismos. Hechos que ocurren el mismo día o que podrían haber sucedido al mismo tiempo sin tocarse jamás. Mientras la historia pública avanza, inaugura y conmemora, la historia privada queda suspendida en una espera que se prolonga. El tiempo deja de funcionar como algo progresivo para convertirse en un campo de ecos. El pasado no está cerrado, y el presente es apenas un destello desde el cual volver a mirar.

“Ugo Forno, el héroe, nació en 1932. Hugo Forno padre y brillante estudiante secundario en 1942. Y yo, Hugo Forno hijo y desempleado, en 1970. El primero en Roma, el segundo en Quilpué y el tercero en Santiago. Yo a los doce años tenía una metralleta de plástico. Forno padre nunca tuvo un arma, si consideramos que un arpón no es un arma. El niño héroe tenía un fusil Mauser (de verdad) escondido en una casa abandonada en 1944”.

Habitar la ausencia

La muerte recorre el libro de forma silenciosa, dejando huellas que se extienden más allá del momento en que ocurren. Su presencia organiza los vínculos, modela los gestos y define los modos en que los personajes se relacionan entre sí.

Por un lado, Ughetto aparece como un niño convertido en figura histórica. Fijado para siempre en una edad que no conocerá desgaste ni contradicción. Su muerte, ocurrida tras intentar defender su ciudad con un fusil, se proyecta hacia los espacios que habitó. Los detalles que sobreviven en su ausencia. Más que un episodio cerrado, su historia atraviesa el tiempo y se reactiva en cada emblema, plaza inaugural y, sobre todo, en cada intento del autor por dar forma a aquello que quedó suspendido.

En un plano más íntimo, la muerte de la madre de Forno hijo deja una marca profunda en la vida familiar. Su impacto se manifiesta en la soledad que atraviesa al narrador, y en el vínculo que tiene con su padre, donde los silencios y la distancia se vuelven parte del paisaje cotidiano. Esa pérdida no irrumpe de forma abrupta, sino que se filtra lentamente en los gestos. En la manera de habitar la casa. En todo aquello que ya no se dice.

De esta forma, el libro avanza hacia una comprensión más amplia del duelo, entendida como una experiencia que se transforma con el tiempo. La memoria no se cierra ni se ordena del todo, pero se vuelve soportable. Y en esa posibilidad de permanecer junto a lo vivido, el relato encuentra uno de sus gestos más destacados.

“Durante ese par de días que lo visito hablamos poco pero igual nos acompañamos. No discutimos. Hablamos de esto y de aquello sin profundizar mucho. La muerte de mi madre agrió su personalidad y a mí me convirtió en un ser gris. Y lo entiendo. Por eso no lo presiono mucho. Supongo que nos queremos a nuestro modo”.  

Gestos cotidianos

Frente a los fantasmas de la guerra, las pesadillas y los primeros atisbos de la demencia senil, la novela avanza apoyándose en gestos mínimos. No los expone de manera frontal ni los convierte en eje discursivo. Aparecen de forma lateral. Se dejan entrever en acciones cotidianas que el lector termina por reunir.

La misma lógica atraviesa la escritura. La música, las escenas domésticas, los objetos y los tiempos muertos se integran al relato sin subrayados ni explicaciones. El libro se detiene, observa y acompaña. Y en ese modo de avanzar, construye una ética del cuidado: atender sin imponer sentido. Dejar que la experiencia conserve su ambigüedad.

Desde ahí nos interesamos en conocer los modelos B-52, el Mitsubishi Zero y el Stuka que colecciona Forno padre. La colección de casetes de Salvatore Adamo, Gianni Bella, Umberto Tozzi, entre otros más. Y, hacia el final, acompañamos la escena leyendo la letra de Solo pienso en ti de Víctor Manuel, en un momento de belleza contenida que se vuelve uno de los grandes aciertos del libro.

“La historia no era así” se afirma como una novela profundamente humana, que se resiste a ordenar el pasado o fijar una versión definitiva de los hechos. Prefiere habitar las zonas incompletas. Atender lo que sigue doliendo y permitir que, en el acto mismo de narrar, algo se reconcilie con lo vivido. No para cerrar la historia, sino para poder seguir adelante con ella.

“Ugo Forno fue, es y será un chico de doce años. Una persona que no tendrá que lidiar con penas de amor, flaquezas económicas, enfermedades complicadas, peleas familiares y cuanta cosa aparece de improviso. El niño eterno que se burlará de nosotros por el resto de los siglos.”