En «Escribo Esto«, Eduardo Venegas Prado construye un relato atravesado por la contemplación y el deseo de suspender el tiempo. A partir de una escena cotidiana en el Parque del Retiro de Madrid, el texto despliega una serie de observaciones donde el paisaje, los pequeños gestos y el recuerdo de la rutina laboral dialogan con la búsqueda de un espacio de descanso, transformando la experiencia del viaje en una reflexión íntima sobre la pausa.
Escribo esto en el Parque del Retiro
Estamos sentados debajo de la sombra, en una banca de madera ubicada en medio de un sendero poco transitado, y frente a nosotros hay una laguna donde flotan dos cisnes -uno blanco y otro negro- que avanzan entrelazando sus caminos, pero sin tocarse. Se escucha un ruido constante que proviene de los árboles, parecido al picoteo de los pájaros carpinteros, y a nuestra izquierda, en la banca contigua, hay una mujer de mediana edad que está alimentando a las palomas con migas de pan.
Hace un par de meses, mientras trabajaba en la oficina anhelando que mis vacaciones llegaran lo antes posible, pensaba en esta imagen: la flora y fauna que nos rodea, el clima primaveral y el cielo azul rasgado por las nubes. Imaginaba estas dos semanas en Europa mientras iba marcando los días en el calendario, y soñaba con tener un espacio como este, un lugar de retiro, un rincón donde poder descansar de los horarios laborales.
Fantaseaba con paisajes que nunca había visto y dejaba de lado mi trabajo, sin ninguna vergüenza, con el único fin de planear estos días de vacaciones. De hecho, trataba de autoconvencerme de que, una vez terminado este viaje y después de recorrer las mismas calles que en algún momento recorrió Hemingway, podría renunciar a mi trabajo sin arrepentimientos. Incluso llegué a preparar mentalmente un discurso de despedida donde expresaba, en un lenguaje poco amistoso, todos los motivos por los cuales me era imposible -impensado, quizás- seguir trabajando en esa oficina.

Pero más allá de esta idea furtiva de renunciar que, probablemente, va a desaparecer apenas vuelva al plano de la realidad, el punto es que hace algunos meses soñaba con tener días como estos: radiantes, ventosos y exentos de cualquier tipo de responsabilidad.
En esta ciudad todos parecen vivir en el trance de un fin de semana eterno, como si la miseria humana no fuera tema de conversación. Aunque esto lo digo, obviamente, con la lupa de un turista sudamericano que sólo ha podido recorrer el centro de Madrid, donde no hay perros callejeros en ninguna esquina ni gatos maullando arriba de los techos. Pero nuestra calidad de forasteros nos impide asegurar si esta aparente estabilidad social, emocional y económica, que envuelve las calles madrileñas, es una realidad material o simplemente una fachada expuesta al mundo. Considerando que estamos en una de las grandes capitales del turismo europeo, no me sorprendería que las autoridades gubernamentales optaran por esconder sus problemas debajo de la alfombra, como siempre, antes de que lleguen las visitas.
Pero por ahora, sin dudas, prefiero escribir sobre este día soleado que estamos teniendo en el Parque del Retiro:
La tranquilidad de este lugar provocó que mi polola se quedara dormida con su cabeza apoyada encima de mis piernas, acostada a lo largo de la banca. Yo, por mi lado, tengo unas ganas tremendas de fumar, pero dejé los cigarros la pieza del hotel. Por ende, lo único que puedo hacer es mirar a esos dos cisnes que avanzan en el lago, uno al lado del otro, entrelazando sus caminos en una especie de baile sincronizado, mientras de fondo se escucha el picoteo repetitivo de un pájaro que, supongo, debe ser un pájaro carpintero.
Eduardo Venegas Prado (Concepción, 1997). Ha colaborado en algunas antologías de relatos breves. Actualmente trabajo como abogado.
