En estos poemas, Gonzalo Robles despliega una escritura que avanza entre la contemplación y el recuerdo, dejando que las imágenes convoquen una memoria hecha de asociaciones, silencios y fragmentos. El paisaje, la lectura y la experiencia cotidiana se entrecruzan en una voz que observa con detenimiento aquello que persiste bajo la superficie de las cosas.
Con un lenguaje sobrio y de ritmo pausado, los textos exploran las formas en que el tiempo transforma la experiencia y el modo en que las palabras intentan aproximarse a lo que permanece disperso o incompleto. La naturaleza, los libros y las escenas del pasado dialogan constantemente, configurando una poética donde la evocación se convierte en una forma de indagación.

Bandada
Por las tardes en la arena
tiendo mi cuerpo boca arriba, sereno
el cielo expande su luminosidad
en mi retina, nubes rasgan sus formas
al compás de mis recuerdos y visiones.
Murmullo de mar que interrumpe su cadencia
una bandada de pájaros irrumpe de golpe
observo las formas en sus patrones
que las aves dibujan al migrar
y protegerse del ataque depredador.
Las formas se confunden, escenas de infancia
juventud y heridas. La muchacha esquiva
los reproches del padre, siempre enfundado
en terno y corbata, llantos de niño
a puertas cerradas, habitación oscura.
Los pájaros se repliegan
vuelven a organizarse en nuevas formas
enjambre de la memoria que intento
recolectar cual economía de subsistencia
arqueología del inconsciente tratando
plasmar en el lienzo de esta playa
figuras que sanen cicatrices invisibles.
La palabra encriptada
Me pregunto quién petrificó las palabras
ahora recónditas en el sótano del hogar
intento extraerlas nítidas, buril y cincel.
La sangre corre por los pasillos.
Tal vez portazos, insultos
la taza que se quebró entre las discusiones
dientes apretados, un disparo en la mirada.
O quizás simplemente no fue obra de los ruidos
el silencio encriptó el léxico incluso antes
siquiera de pronunciarlo.
Cisne de fieltro
“Asustar a un notario con un lirio cortado”,
dijiste en la sobremesa tras el almuerzo familiar
un ejemplo de cómo la poesía transgrede la lógica
ante mis inquietudes literarias de joven ingenuo.
El verso nerudiano alude a la burocracia
a esos legajos tradicionales, papeles amarillentos.
Durante años te vi según esa imagen
un sacrificado jurista de tintes kafkianos
empleado público sensato y prudente.
Te enseñaba orgulloso mis primeros cuentos
“Borges desarrolló con mayor agudeza este tema”,
evaluabas, con esa parsimonia pedante
luego imitaba tus actitudes, incluso en escenarios
en los que parecía un personaje de Pirandello.
Sólo disfrutabas a Neruda en los poemas
mi gusto literario surgió en la necesidad de conocerte
en tus últimos años de vida te presté un libro grueso
de mi poeta favorito: Nicanor Parra.
No alcanzaste a leerlo ni supe tu mirada
sobre el corderito con piel de lobo.
Me pregunto qué habrías opinado años después
luego de haber abandonado este valle de lágrimas
acerca del controvertido hallazgo en la biografía
Nobel chileno en tela de juicio
aquel incidente con una mujer humilde en Ceilán
error de juventud que manchara su efigie.
Más me importaría enterarme de tus impresiones
sobre la actitud de Neruda hacia Malva Marina.
Con cariño y tristeza, para mí fuiste un cisne de fieltro.
¿Qué diría Antón Chéjov?
“Soy inocente”, aseguraba Giuseppe Conlon
a cada compañero de prisión que consultaba.
Los atentados de Guildford
sembraban la duda entre los ingleses
por sobre el montaje policial y el circo
representado con insidia en la Cámara de los Lores.
Por estos días las verdades se pixelan
y la música urbana en más convincente
que la apología de Sócrates
o palabras murmuradas
con la mirada transparente
y el cálido flujo sanguíneo en la piel.
La calumnia quedó olvidada
en la tinta de Chéjov y sus páginas amarillentas
herramienta aséptica e incisiva
hoy exponencialmente cuántica entre falanges
numéricas de ceros y unos.
Giuseppe Conlon murió encarcelado
lejos de su Belfast natal
no alcanzó a ver su nombre limpio
del oprobio y la condena social.
Sólo nos queda acariciar la infancia
como un pajarito de alas rotas
anidar la verdad lejos de las redes sociales
reflexionar sobre la confianza en el vecino.
Ti voglio bene
Tras la tormenta, no siempre aparece
aquel cielo de Teillier
grato aroma en el sorbo de café
o el baile de la solterona loca frente al espejo trizado.
El buen amor suele escurrirse en la criba
sedimentos amargos fijos en el paladar
nebulosas que entristecen la mirada.
Te imagino tras el parabrisas
surcos acuosos en un fluir incesante
la expresión de tu cara con enigmáticas formas
horizonte que implosiona en un punto ciego.
Hubo un hombre que te quiso bien
no supiste valorar ese amor
me lo confesaste, confiabas en mi oído
pese a que no alcancé a conocerte tanto.
Desnuda en medio de la casa de espejos
insistía en que eras bonita
hubo golpes, machismo ultrajó tu mirada
confusión en el laberinto
tu mano extendida y el teléfono descolgado.
Extraño tu coquetería, el ingenio de tus bromas
aquellos versos desgarrados y la profundidad
voz de tu llanto en susurro
extraviada como agua que cae por el desagüe.
Gonzalo Robles Fantini (Santiago, 1975) Periodista de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Desde los 20 años, escribe cuentos y poemas. Ha participado en diversos talleres literarios en ambos géneros y obtenido algunos reconocimientos. Ha publicado en algunas antologías de poesía y de cuento, tanto en formato impreso como digital. También se ha desempeñado en periodismo cultural escribiendo reseñas, artículos y entrevistas a escritores, así como también en instituciones ligadas al medio literario.
